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Amor y filosofía en ‘La isla de las tentaciones’

ANTONIO FORNÉS

Schopenhauer pensaba que la esencia del mundo es la voluntad, y que esa voluntad no es, en realidad, otra cosa que el corazón de las tinieblas… Unas tinieblas hacia las que me dirigí la otra noche cuando decidí sentarme ante el televisor y contemplar uno de los programas de moda en nuestro país: La isla de las tentaciones. Imposible no recordar las palabras de Schopenhauer ya en los primeros compases de la emisión, pues uno se pregunta qué tipo de absurda voluntad de probar su amor y el de sus parejas lleva a un grupo de descerebrados adictos a la cirugía plástica y a las dietas ricas en proteínas a sumergirse en ese auténtico y, permítanme, absolutamente grotesco, corazón de las tinieblas del desamor y la chabacanería.

Algún lector podrá objetar qué demonios hacía yo mirando aquel programa, pero la respuesta es sencilla. El filósofo, si quiere serlo de verdad, no puede tener una existencia de monje, ni pasear exclusivamente por su pequeño mundo de ideas elevadas. El filósofo, sin duda, debe rechazar la famosa máxima de Epicuro: «Vive oculto», pues la filosofía aspira a comprender el mundo, y para ello, el primer paso es conocerlo tal y como es. Así que allí estaba yo, sonriendo, como media España, al escuchar a una de las participantes argumentar que el apego hacia su perro Horus era lo único que le impedía romper con el «aburrido» de su novio, y recordando no sólo a Schopenhauer, sino también a Aristóteles, al oír a otra chica gritar a pleno pulmón que no pensaba ser, y transcribo literalmente «la cornuda de la Isla de las tentaciones». Reflexioné que quizá ella pensaba que estaba en potencia de ser engañada por el fortachón de su novio, pero que Aristóteles ya aclaró que el acto es siempre anterior a la potencia, es decir, que si había ido a aquel programa su reflexión llegaba ya, probablemente, muy tarde…

La mayoría de participantes en este estrambótico programa argumentan, como penosa excusa para explicar su incomprensible presencia en él, que están allí para fortalecer su amor, para comprobar que su pareja les quiere de verdad. Sin embargo, y como resulta obvio para cualquiera que haya visto el programa, la cosa va de todo lo contrario. En realidad los creadores del programa deberían optar por un eslogan del tipo: «¿Está usted enamorado? Venga a nuestro programa y en uno o dos episodios dejará de estarlo». ¿Cómo lo consiguen? Pues a la manera del venerabilis inceptor, Guillermo de Ockham, y de su famosa navaja. Es decir, optando por la solución más sencilla que no es otra que llevar a los ilusos a un idílico y caluroso lugar, atiborrarlos de alcohol y rodearlos de tentaciones carnales perfectamente predispuestas.

El enamoramiento como algo sublime es una idea relativamente nueva

No se escandalicen, en realidad, los creadores del programa parecen haberse inspirado en algunos de los grandes filósofos de la historia, pues pese a lo que puedan pensar, la idea del enamoramiento como algo sublime, maravilloso, es relativamente nueva, y durante siglos estar enamorado fue considerado algo parecido a estar enfermo. Así, el amor se consideraba una pasión desenfrenada que destruye al hombre. De hecho, creo recordar que el gran Avicena, recomendaba a los «enfermos de amor» –que pudieran permitírselo claro-,  comprar varias esclavas que se parecieran físicamente a la amada, y que yacieran con ellas a fin de relajar este sentimiento. Avicena, que es sin duda uno de los grandes pensadores de la Edad Media llega a recomendar incluso que el enamorado tenga siempre a mano a alguna vieja celestina, hábil con las palabras, para que se dedique a poner de relieve todos los defectos físicos y morales de la amada.

Vivimos tiempos extraños, todo el mundo habla de amor, de libertad sexual, de sentimientos…, pero son sólo palabras, apenas aire que sale de nuestras bocas, pues en este siglo que no entiende que no hay nada más esclavizador que ser absolutamente libre, el amor y su corolario en forma de sexo se han convertido en una forma inhumana de cosificar al otro, de convertirlo simplemente en un montón de huesos, grasa y tendones, organizados de una forma más o menos armoniosa. Esto es malo en sí, pero lo es mucho más cubrir esta mugrienta realidad de la modernidad con la pátina de los sentimientos y los presuntos valores, una hipocresía cobarde que no se atreve a decir la verdad, o que prefiere autoengañarse. Por eso yo siempre acabo prefiriendo a los clásicos, porque, aunque resulten terribles, al menos mantienen una cierta honestidad intelectual. Así, en lugar de ver La isla de las tentaciones les recomiendo que lean al marqués de Sade. Él, como mínimo, es sincero. Afirma que cualquier sombra de trascendencia, de fundamentación de la moralidad, es pura fantasía, por lo que, y anticipándose a nuestro triste siglo XXI, admite que, en el sinsentido con mal final que es, según él, la vida, lo único que nos queda son los instantes de placer. Sí, el placer físico como único refugio. Para el marqués de Sade no hay nada más, y por tanto, en este estado de cosas prosaico y material no hay sitio para el amor, algo que no tiene nada que ver con el placer. Es más, siendo absolutamente coherente con este modo de pensar, admite el supuesto, intuido de una forma casi animal por todos los participantes de La isla de las tentaciones de que el disfrute libre exige variación e intercambio de objetos. De forma que en lo que se refiere al placer, las personas deben convertirse, en el instante del disfrute, en puros objetos, escribe Rüdiger Safranski en su libro El mal. ¿Qué queda entre ambos una vez satisfecho el  deseo? Nada. Así de simple, así de mecánica, así de profunda es la inmersión de nuestra sociedad en el corazón de las tinieblas.

No se engañen, no hay en mi exposición puritanismo alguno, pero sí melancolía de un mundo que no se rebaje de esta forma. Melancolía de una sociedad que guarde un mínimo de ansia de sentido, y que interprete el amor justo en la dirección contraria a la que nos conduce el siglo XXI y sus programas televisivos. El amor debe ser kenosis, esto es, vaciamiento total y gratuito en el otro, entrega absoluta a los demás. El amor bien entendido es aquel que nos permite salir de nuestra individualidad, incluso de nuestro propio cuerpo para fundirnos con el otro y al hacerlo, fundirnos con la humanidad entera rompiendo nuestro miserable egoísmo cotidiano y particular. Sentir tan profunda compasión hacia otro humano que sufre igual que yo que nos permita, en palabras de Schopenhauer, hacer transparente el velo de Maya y el engaño del principio de individuación. Las palabras de un malvado como Schopenhauer parecen hoy dictadas por un santo eremita…

Antonio Fornés es filósofo y autor de Viaje a la sabiduría, entre otras obras publicadas en Diëresis

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