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Los nuevos “novios de la muerte”

Por ANTONIO FORNÉS

Autor de Creo aunque sea absurdo, o quizá por eso

La modernidad, a fuerza de querer ser moderna, se adentra cada día más, utilizando el célebre título de Joseph Conrad, en el mismísimo corazón de las tinieblas. Leer periódicos o ver telediarios es penetrar en el inhóspito páramo de la desesperanza y el sinsentido. Hace ya varios decenios, leí un libro de quien fuera durante muchos años Catedrático de Metafísica en la Universidad de Barcelona, don Francisco Canals: Mundo histórico y Reino de Dios, en el que el insigne profesor mantenía la tesis de que el fin del mundo ya había empezado y que, por tanto, el día del juicio final estaba ya muy cerca. Situado don Francisco muy a la diestra de mis posiciones políticas y religiosas, pueden imaginar el asombro descreído con el que leí aquellas hojas, y la sonrisa autosuficiente con la que, al acabarlo, cerré el volumen. «Es un ultra un tanto enloquecido», pensé en aquel momento. Sin embargo, conforme pasaban los años, y el tiempo iba limando la inevitable, e ignorante, soberbia de la juventud, poco a poco, la tesis de aquel filósofo iba pareciéndome menos enloquecida, y he de confesarles que, hace unos meses, acabé por volver a leer el libro, esta vez sin sonrisa ni escepticismo, y, qué quieren que les diga, visto lo visto, y sobre todo, lo que está viniendo, no pude evitar preguntarme si, al final, iba a tener razón aquel viejo, sabio y olvidado profesor…

El Juicio Final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Imagen de Oliver Lechner / Pixabay

Estos días hemos vuelto a recibir una desgraciada noticia que desde luego encaja con la idea de Francisco Canals, y que sin duda indica que si no estamos ante el fin del mundo físico como tal, sí que estamos ante el fin del mundo que las personas entradas en años como yo llegamos a vislumbrar y sin duda a amar. La noticia es la de la aprobación de la Ley de Eutanasia. Pero no se equivoquen, lo terrible, el signo de que el fin de una era de civilización y humanismo está al caer, no es la aprobación de esta ley despreciable, sino el estado de absoluta indiferencia con que la sociedad española la ha recibido. Porque maldad y malvados han existido siempre, la novedad que nos trae la modernidad, es que su existencia ya no nos importe en absoluto y casi nos parezca bien.

No deja de resultar insultantemente paradójico que mientras en todo Occidente se sufre la mayor crisis sanitaria desde probablemente la II Guerra Mundial, mientras en España en este funesto 2020 hayan muerto debido al coronavirus decenas de miles de ancianos, la respuesta de la clase política no haya sido la de doblar el número de hospitales, ni multiplicar la inversión en cuidados paliativos, es decir, luchar con los ingentes recursos del Estado por la vida, sino, simplemente legalizar una forma más de asesinato. Todo esto por supuesto, para ampliar «nuestros derechos», claro. Para tener derecho a una «muerte digna». La casta política, siempre tan generosa, nos ha concedido, graciosamente, el único derecho al que, desgraciadamente, tiene acceso todo ser humano, independientemente de su raza, sexo o condición social, desde su nacimiento: la muerte. Por supuesto, dejemos a un lado la bobada de la dignidad, porque… ¿qué es una muerte digna? Desengáñense, nunca hay dignidad en la muerte, la muerte es siempre el mal absoluto, porque el único bien absoluto del que goza el hombre es la vida. Desafortunadamente, no hay ya en nuestra sociedad nadie con el talento y la hombría de bien de un gigante del pensamiento como Unamuno para enfrentarse con eficacia a estos nuevos «novios de la muerte».

“LO IMPORTANTE PARECE SER TENER EL DERECHO A MORIR LO MÁS RÁPIDAMENTE POSIBLE”

Es este un país donde las ayudas a enfermos, por ejemplo, de ELA, personas absolutamente dependientes, son prácticamente inexistentes, el Estado, y por tanto la sociedad, los deja desamparados y sin posibilidad de subsistencia salvo que sus familias tengan importantes recursos económicos. Al fin y al cabo, lo de vivir con dignidad no le parece importante a la nueva modernidad. Lo importante es tener el derecho a morir lo más rápidamente posible, y claro, lo más económicamente posible. Pues a partir de ahora los individuos no productivos, aquellos que no puedan aportar a la sociedad, sino que necesiten recibir, van a estar sometidos a una inevitable presión, y a la espada de Damocles de «dejar de sufrir», por su bien, el de su familia y el de la economía del país, claro (entiéndase la ironía).

Llegados aquí, uno no puede dejar de preguntarse para qué queremos ya al Estado, y en qué tipo de sociedad vive. Puede parecer una cuestión baladí, pero no lo es en absoluto, pues no debemos olvidar que los derechos no pertenecen al Estado, ni a la sociedad. Los derechos pertenecen a cada uno de nosotros individualmente, y si cedemos una parte de estos derechos es para conseguir una sociedad justa y solidaria que lo haga todo para mejorar y defender, hasta el final, la vida de cada uno de sus ciudadanos. Si en lugar de eso, y a cambio de mis derechos, el Estado sólo me devuelve obligaciones impositivas y el derecho a morir, yo, personalmente, reniego de este Estado y de esta sociedad que no merece más que un profundo desprecio.

El magnífico mundo que empezó a construir el pensamiento griego y que concluyó el cristianismo con su humanismo igualitario y con su defensa de la dignidad de todos los seres humanos, cada vez queda más lejos en nuestro retrovisor. La pregunta filosófica clásica al respecto de qué es una buena vida, ya parece no importarle a nadie, lo significativo es tener derecho a todo, hasta el punto de poder conseguir de manera protocolarizada y aséptica el «summum de los derechos», esto es, dejar de tenerlos todos, estar muerto. Albert Camus decía que el suicidio era un problema filosófico muy serio, y estoy totalmente de acuerdo con él, pero quien no entienda las profundas diferencias entre el suicido y la eutanasia, lo que tiene que hacer es volver al colegio.

Pero esto es lo que hay, queridos lectores, llegados a este punto, a este modesto filósofo le parece muy coherente la decisión de nuestro gobierno de eliminar la asignatura de ética de nuestros institutos. La gloriosa, gloriosísima ética occidental es hoy materia de estudio para forenses y arqueólogos, pues es ya poco más que un viejo cadáver.

El gran Flaubert, en una conocida carta, dictaminó que su amigo y también genio de las letras, Théophile Gautier, había muerto «de asco por la vida moderna». Este modesto filósofo está muy lejos de la valía de estos dos autores, pero desde luego, comparto el sentimiento: un profundo asco por la deriva inhumana y ridícula de ese auténtico corazón de las tinieblas en que se ha convertido la modernidad.

ANTONIO FORNÉS es filósofo y autor de Creo aunque sea absurdo, o quizá por eso y ¿Son demócratas las abejas?, entre otras obras publicadas en Diëresis

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