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Los talibanes no leen a Aristóteles

por ANTONIO FORNÉS

Qassim Amin (1865-1908) es un miembro más de esa multitud de personajes interesantes de la historia que ya nadie recuerda, y es realmente una pena. El pobre Amin fue un jurisconsulto egipcio que estudió en el Cairo y posteriormente en Francia, donde quedó fascinado por la civilización europea, convirtiéndose, a su vuelta a Egipto en un activo intelectual pro occidental. Tanto es así que publicó en 1899 un libro que generó una inmensa polémica en aquellas tierras, el Tahrir al-Mara (La liberación de las mujeres), donde se denunciaba la situación de la mujer en el mundo islámico y sobre todo exigía el fin del uso del velo o pañuelo cubriendo su cabello. Como ven, la cuestión viene de lejos. Curiosamente, el libro y las ideas de Amin gozaron del entusiasta apoyo del cónsul general de Gran Bretaña en Egipto, Lord Cromer, quien, ironías del destino, había sido, en Londres, uno de los fundadores de la liga masculina de oposición al sufragio de las mujeres. No me negarán, como suele defender con acierto mi amigo y maestro de historiadores, Eduardo Juárez, que la historia nos proporciona anécdotas auténticamente deliciosas…

Retrato del intelectual Qassim Amin

El libro del bienintencionado Amin se ganó el rechazo de la mayoría de escritores e intelectuales egipcios. Quizá se pregunten ustedes, queridos lectores, por qué sucedió esto si, al fin y al cabo, su tesis parece más que razonable. La respuesta es sencilla: los egipcios vieron en Amin no a un defensor de las mujeres sino a un vocero del colonialismo occidental, siempre mezquino, avaro y violento. Por ello, paradójicamente, ya en ese momento, algo tan injusto y degradante como el uso del velo empezó a convertirse, para muchos musulmanes, en un símbolo de resistencia frente al colonialismo y sus imposiciones culturales.

En estos días de tristeza y rabia tras la evacuación de Kabul, se están diciendo todo tipo de inexactitudes y barbaridades al respecto del islam y del fundamentalismo islámico. La historia de nuestro buen abogado Amin nos da una primera pista de por dónde debemos buscar para entender lo que está sucediendo. Tras la injustificable barbarie talibán probablemente podemos encontrar el rechazo —ignorante, violento y detestable—, pero rechazo al fin, a décadas en las que se ha intentado secularizar a la fuerza sociedades profundamente religiosas, ridiculizando además su idea religiosa, calificándola como algo primitivo y absurdo. Pretendiendo imponerles una tradición cultural ajena a la suya sin ninguna consideración.

Hoy más que nunca, debemos rechazar cualquier tipo de islamofobia, pues hay que distinguir el islam del fenómeno del fundamentalismo, pese a que éste avance cada día captando en sus filas a una parte no pequeña de los musulmanes de buena fe. Siguiendo por ejemplo a una estudiosa de este tema como Karen Armstrong, podemos afirmar que el Corán no prescribía que todas las mujeres se cubriesen la cabeza, y la obligación de cubrirse, así como la reclusión de las mismas en harenes, no llegó, al menos, hasta tres generaciones después de la muerte de Mahoma, y se produjo, de nuevo una sabrosa curiosidad de la historia, cuando los musulmanes empezaron a copiar a los cristianos de Bizancio y a los mazdeístas de Persia. Es más, en el Corán se llega a afirmar, aunque los radicales islámicos parecen haberlo olvidado, que no debe haber coerción en asuntos de fe.

DE AVICENA Y AVERROES A LOS TALIBANES

¿Por qué entonces, más allá del execrable integrismo, a ojos de la mayoría de occidentales, el islam aparece como una religión atrasada, incapaz de asumir la modernidad? Y sobre todo, ¿por qué el islam ha podido ser engullido por la intransigencia, el fideísmo y la radicalidad? La respuesta a esta pregunta, como a todas las preguntas importantes de la humanidad está en la filosofía. Si escuchan a algún musulmán más o menos leído hablar de su cultura sin duda se enorgullecerá de sus grandes filósofos, gigantes de la talla de Avicena y Averroes nada menos. Pero lo que seguramente callará es que ni siquiera estos dos monstruos del pensamiento consiguieron influir significativamente en el pensamiento musulmán mayoritario. He aquí la clave de todo.

Tras la caída del imperio romano, el pensamiento griego, es decir, la racionalidad, pareció desaparecer. A partir de entonces se produce una de las grandes y decisivas aventuras de la historia de la cultura universal: la recuperación de los textos filosóficos griegos y, sobre todo, los de Aristóteles. La recuperación de las obras aristotélicas, en las que, desde luego, el mundo islámico jugó un papel fundamental, fue un auténtico terremoto en la Edad Media, pues Aristóteles suponía la racionalidad perfecta, un sistema que explicaba totalmente, y de forma perfectamente lógica, el mundo, sin necesidad de revelación ni fe. En el islam, la postura intelectual que finalmente se impuso fue la de ignorar a Aristóteles; en cambio, en Europa el aristotelismo, cribado por el tamiz de santo Tomás de Aquino, pasó, en setenta años de perseguido y condenado a ser la filosofía de cabecera de la Universidad de París y por tanto de la cristiandad entera. Este hecho es uno de los acontecimientos capitales de Occidente, pues sin el triunfo de la racionalidad aristotélica habría resultado imposible el posterior desarrollo de la cultura occidental en todas sus facetas, es decir, la creación de un modo de pensamiento y de vida que hoy es prácticamente global en el mundo, democracia incluida.

Tienda de burkas en Afganistán

No se dejen engañar por pseudoprogresistas indocumentados: la gran partida del pensamiento universal se jugó en la Edad Media europea, época de una increíble altura intelectual. La Ilustración solo será un corolario, en muchos sentidos deformador, de esta asunción del pensamiento griego por parte de aquel insuperable conjunto de humildes monjes y frailes que gestaron nada menos que el pensamiento occidental.

Por ello, y de la misma forma que hemos de distinguir al islam de sus formas radicalizadas, también hemos de defender nuestra cultura occidental sin ambages ni prejuicios. De nuevo, y frente al pseudoprogresismo, no podemos caer en el relativismo y confundir peras con manzanas. Todas las culturas son legítimas, pero eso no quiere decir en ningún caso que todas sean iguales. Occidente, gracias a la fusión de la racionalidad griega con la fe cristiana estableció un estándar de civilización superior al de cualquier otro momento de la historia, y debemos defenderlo con uñas y dientes, porque, no se engañen, el peligro no está en el islam ni en ninguna otra forma de pensamiento religioso ajeno a Occidente. El peligro radica en nosotros, en nuestra dejadez e ignorancia, que permite que hoy en día, la mayoría de occidentales desconozca o desprecie nuestra tradición y nuestro patrimonio como civilización. La cuestión es que mientras los musulmanes, bien sea en Kabul o en un arrabal de París, son capaces de mantener un constructo ético fundamentado en ideas trascendentes, nos guste más o menos ese marco ético, en Occidente nos hemos abandonado a un utilitarismo feroz y al mismo tiempo vacío. De ahí que en cierto sentido se pueda decir que en la actualidad el mundo occidental tras haber abandonado su propia esencia, carece de una estructura de pensamiento moral auténticamente fundamentado capaz de oponerse a la ética islámica. De ahí que tras cada matanza, tras cada atentado, nuestra única reacción es la de echarnos las manos a la cabeza y escandalizarnos durante un rato, para después seguir tranquilamente con nuestra cómoda y banal existencia.

Aunque muchos no se den cuenta o pretendan ignorarlo, Occidente está peligrosamente asomado a un profundo precipicio que ha creado él mismo: el de la nada, el de un nihilismo ridículamente encantado de conocerse.

Preocúpense. Chesterton escribió ya hace unos años que cuando se deja de creer en Dios se puede creer en cualquier cosa. Visto lo visto, aquí y ahora podría corregirse la frase y decir que cuando se deja de creer en Dios quizá se puede empezar a creer incluso en Alá…

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