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Llorar

ANTONIO FORNÉS

«No habiendo podido curar la muerte, la miseria y la ignorancia, a los hombres se les ha ocurrido, para ser felices, no pensar en ellas. Pese a estas miserias quiere ser más que feliz, y no puede no querer serlo. Pero ¿cómo se las arreglará? Para lograrlo sería menester que se volviera inmortal, y no pudiéndolo, se le ha ocurrido prohibirse a sí mismo pensar en ello».

Así escribía Pascal, uno de mis filósofos favoritos… En medio del horror de esta pandemia que nos azota, la filosofía de Pascal se torna más actual y lúcida que nunca, porque incluso confinados, incluso con la muerte acechándonos a la puerta de nuestras casas, parece que una vez más, la mayoría de nosotros, como denunció el buen Pascal hace siglos, ha decidido «prohibirse pensar en ello».

En este tiempo incierto, mucha gente me ha pedido un mensaje de «ayuda filosófica», pero cuando hablo con ellos descubro que no es filosofía lo que esperan, ni  pensamiento crítico, sino alguna especie de simplona autoayuda almibarada que les convenza de que, como reza uno de los malditos eslóganes actuales, «todo va a salir bien». Pero, desde luego, la filosofía no es autoayuda, es algo más profundo que no puede limitarse a las frases hechas. Un filósofo no puede, estos días, decir que «todo va a salir bien», lo siento. El filósofo, y con él todo ciudadano responsable, debe aspirar a ser un hombre ilustrado, esto es, por decirlo en palabras del gran Immanuel Kant, debe aspirar a «la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad». Por eso un filósofo, y con él cualquier hombre adulto, debe ser capaz de decir la verdad: todo ha salido mal ya. Hay más de 10.000 seres humanos en nuestro país que no volverán a gozar del milagro de la existencia, y el número, en las próximas semanas no va a dejar de crecer.

Escribo esto porque no puedo dejar de contemplar con perplejidad, y cierto enfado, esta campaña mediática que parece querer hacer de esta auténtica hecatombe que estamos viviendo un acontecimiento light, casi convirtiéndolo en una especie de evento tragicómico de superación personal dirigido por un coach experto en terapias orientales. El grado de infantilización y adoctrinamiento de nuestra sociedad, de nuestro país, está alcanzando un nivel absolutamente insoportable. No quiero ver por la televisión a ni un sanitario más mostrándome cartelitos con palabras tranquilizadoras y una música presuntamente motivadora de fondo. Me niego a salir al balcón a aplaudir a la hora que me digan como un miembro indiferenciado más de una masa obediente y dirigida. Por supuesto, cuando ponga la radio, agradecería no tener que volver a oír la dichosa cancioncita del Resistiré.

No podemos huir siempre, no debemos intentar distraernos a todas horas, la filosofía nos anima a comportarnos como seres humanos racionales y adultos que asumen el horror de lo que está pasando, y se niegan a ser manipulados o a quitarle importancia a un asunto tan dantesco como este. Por Dios, no es tiempo de cancioncitas ni de paños calientes, es tiempo, por utilizar una expresión bíblica, de llanto y crujir de dientes, todo lo demás no es sino pura estulticia. Ya está bien de ser tratados como niños, de que se utilicen eufemismos, de las palabras vacías. El hombre es un animal simbólico, por supuesto, pero cuando esos símbolos se repiten, se convierten en algo institucionalizado, cuando no puramente político, y se infantilizan, pierden todo su valor. Lo mismo pasa con las palabras, de tanto utilizar de forma banal palabras como «solidaridad», «unidad», «fortaleza», las dejamos sin significado, convirtiéndolas en una cáscara vacía. Ya escribió mi querido de Maistre, que «toda la degradación individual o nacional queda manifestada sobre la marcha por una degradación rigurosamente proporcional en el lenguaje».

A esto hay que añadir a los profetas de la nada, o por definirlos de otra manera, los idiotas. Aquellos que insisten en el mantra de que de esta crisis saldremos más fuertes, o incluso aún peor, que esta crisis es una oportunidad para mejorar. Para empezar, qué les importa ya a los miles y miles de muertos cómo demonios saldremos de este atolladero. En segundo lugar, no hay nada bueno en una catástrofe como esta, porque no hay nada bueno ni digno en la muerte. Que se lo apunten otro tipo de profetas, también imbéciles, los profetas de la buena muerte. Tal y como estamos, creo que a casi todos nos basta con salir de ésta, aunque no sea reforzados… Lo que debemos es salir desgarrados por el dolor ante el sufrimiento de tanta gente.

Obviamente no podemos bajar los brazos, claro que no podemos dejarnos llevar por el desánimo, pero la filosofía, y supongo que también la psicología, nos recuerdan que el primer paso para afrontar un problema, es asumirlo como tal. Sin duda la filosofía puede ayudarnos en esta tristísima coyuntura que nos ha tocado vivir, pienso ahora en el estoicismo, que frente a la adversidad externa nos propone en primer lugar aceptarla en el sentido de que debemos soportar aquello que no podemos cambiar, esto es, aquello que no depende de nosotros mismos. En segundo lugar, nos aconseja que nos refugiemos en el interior de nosotros mismos, algo absolutamente necesario en estos días, pues es en nuestro interior, en ese yo profundo que solemos tener tan abandonado, donde encontraremos la fortaleza y la energía para superar esta situación. Como pensaba el emperador filósofo, Marco Aurelio, la fatalidad no puede destruirnos, porque somos seres humanos, es decir seres morales, y es esa dimensión moral la que nos separa del animal, dirigiendo además, ese deber, hacia los demás. En eso consiste en realidad la solidaridad, no en poner el himno ni en aplaudir, sino en mi deber moral hacia el resto de la humanidad, por encima de mi persona y de mis intereses.

Permítanme un último apunte antes de acabar. Vivimos en la edad de la secularización, una época que ha desprestigiado hasta la extenuación todo lo que suene a trascendente, a espiritual, a religioso. Hemos convertido a la ciencia y a la tecnología en una nueva religión todopoderosa, capaz al parecer de todo y que se reía despectiva del «ignorante» y «supersticioso» hombre religioso. Pero, ay, llega la pandemia y todo lo que nos ofrece la ciencia es el consejo de que nos quedemos en casa… Vaya con la todopoderosa ciencia, este remedio ya se le había ocurrido a la humanidad hace 2.500 años cuando la peste asoló Atenas. Por eso, una vez más insistiré en que la ciencia, sin humanismo, es peligrosa y profundamente deshumanizadora, y que cuando pretende suplantar a Dios, solo consigue hacer el ridículo…

En este confinamiento necesitamos relajarnos, divertirnos, hacer deporte, pero también debemos dedicar un tiempo a pensar en nuestra vida y, cada día, resultaría perfectamente humano, que dedicáramos unos minutos, a solas, a llorar. A llorar por los que han muerto y por los que morirán, a llorar por el sufrimiento de sus familias y de sus amigos. Nunca he sido muy optimista al respecto de la condición humana, pero si hay un sentimiento común a toda la humanidad y que salva de su miseria moral al hombre individual, es el de la compasión. Necesitamos y debemos sentir compasión por los demás, una compasión profunda, austera, alejada de todo artificio y de toda pose. Hoy ser realmente un humano significa sentir dolor, llorar, pues como ya dije unas líneas más arriba, es tiempo de llanto y crujir de dientes, es tiempo para adultos y no para niños.

Esta entrada tiene un comentario
  1. Me ha encantado tu articulo, porque yo pienso lo mismo cada vez que oigo los aplausos. Cada día me enerva más pensar en la simplicidad de ese gesto que no tengo muy claro para qué o quién sirve

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