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Antonio Fornés: “La falsa noticia de las noticias falsas”

Con este artículo, el filósofo y autor de Diëresis Antonio Fornés inicia una serie de colaboraciones sobre temas de interés general, de los que irá escribiendo en la web de nuestra editorial.

LA FALSA NOTICIA DE LAS NOTICIAS FALSAS

Si no recuerdo mal, los romanos ya utilizaban un proverbio que decía así: Calumniare fortiter aliquid adhaerebit (“La calumnia se adhiere fuertemente a algo”). Un proverbio que inspiró a quien probablemente acuñó, muchos siglos antes de que nadie ni tan siquiera soñara con Internet o Twitter, la pérfida frase, epónimo del cinismo, “Calumnia, algo queda”. Al parecer, y sorprendentemente, esta frase fue dicha por el filósofo Francis Bacon −sí, los filósofos, por el mero hecho de serlo no somos mejores personas que el resto, muchas veces, incluso, lo contrario−. En su defensa les diré que este filósofo cometió el error de meterse en política… Con todo, quien hizo de esta frase su bandera, y convirtió a la mentira en una sofisticada arma política fue un personaje tan brillante como funesto, el príncipe de Metternich, héroe de la reacción antidemocrática que asoló Europa tras la derrota napoleónica. A su lado, todos nuestros malvados políticos parecen inocentes parvulitos.

¿Por qué les explico todo esto? Pues a propósito de un nuevo término, acuñado en inglés y que por supuesto los medios de comunicación nacionales no traducen, pues ya se sabe que el español es un idioma “tan pobre” y sin apenas bagaje cultural que necesita apoyarse a todas horas en la bárbara lengua de un pueblo a medio romanizar… En fin, les hablo de las famosas “fake news”, o en román paladino, “noticias falsas.” ¡Vaya por Dios! ¡Menuda novedad! Un par de milenios después de los romanos, el hombre por fin ha redescubierto la mentira y que con ella se puede manipular a los demás en beneficio propio… ¡Espectacular!

A los “descubridores del Mediterráneo” que un día tras otro insisten con la musiquilla ésta de las noticias falsas, les recomendaría que se diesen una vuelta por alguna biblioteca −sí, aunque les parezca mentira, y pese a la Wikipedia, esas olvidadas salas repletas de libros siguen existiendo−, y le echasen un vistazo a algún libro de historia. Con remontarse a la época clásica les bastará para descubrir que, en esto, como en cualquier otro aspecto que atañe a lo humano, no hay nada que descubrir.

Fake news en el siglo VIII

Los católicos siempre hemos sabido que las “noticias falsas” no eran nada nuevo. Es otra de las ventajas de ser católico: nuestra institución, la Iglesia Católica, es tan antigua, y por momentos ha sido tan sabia −hoy la cosa va hacia menos en este aspecto, la verdad− que cualquier cosa que pensemos ya se le ocurrió a Ella hace siglos. Así, la Iglesia también hizo de las “noticias falsas” todo un arte, nada que ver, desde luego, con la vulgaridad actual de tuits a medio escribir y con faltas de ortografía. Por ejemplo, entre el siglo VIII y IX, para garantizar la legitimidad del dominio del Papa sobre los territorios que los reyes francos, tras habérselos arrebatado previamente a los lombardos, le habían cedido, la cancillería papal decidió crear un documento por el que el emperador romano Constantino donaba Roma y el resto de territorios de Occidente al obispo de la ciudad, es decir, al Papa. El único pequeño problemilla es que cuando se redactó esta donación, Constantino hacía ya cuatrocientos años que había muerto… Supongo que los funcionarios del Vaticano pensarían que eso era un detalle en el que solo se fijarían los habituales anticlericales picajosos.

En definitiva, las “noticias falsas” no son ninguna novedad. Lo que resulta novedoso, como siempre, es la tecnología. Ahí sí que se ha producido un cambio y no está muy claro si a mejor o a peor. Internet, el mundo virtual y sus aplicaciones permiten hoy día que cualquiera pueda decir la primera majadería que se le pase por la cabeza y que, sin filtro alguno, pueda llegar al resto de la humanidad. Un desastre inevitable en una sociedad en la que todo el mundo tiene opinión sobre todo y ni una idea sobre nada. Una sociedad donde el “yo creo” de los ignorantes resuena a todas horas y en todos los ámbitos.

Con todo, esto debería resultar absolutamente sugerente y liberador para las incontables hordas de pseudoprogresistas. Pero ay, de repente, las “noticias falsas” sirven como herramienta para que un personaje tan sospechoso, y lamentable, como Trump llegue al poder, y todos los pseudodefensores de la libertad se echan las manos a la cabeza. Por supuesto, si gracias a las “noticias falsas” hubiese ganado un candidato de la ultraizquierda, (concepto que hoy día, desgraciadamente, es sinónimo de reaccionario), este fenómeno habría sido considerado como un elemento igualador y libertario frente a los restrictivos poderes institucionales tradicionales y la “casta política”. Pero como esta novedad tecnológica parece haber decantado en esta ocasión la balanza hacia la ideología contraria a la que pretenden defender, de repente, lo que era sinónimo de libertad y casi de auténtica democracia directa, se convierte en una oscura herramienta de engaño y manipulación de las cándidas masas. Pues ya se sabe que el pseudoprogresismo siempre defiende las decisiones del pueblo cuando le favorecen. Si no es así, lo que se impone es la protesta callejera, el escrache y, si pueden, los campos de reeducación…

Recorte de libertades

Ya imaginan cómo acabará todo esto: el fenómeno de las “falsas noticias” supondrá, con casi total seguridad, un nuevo recorte de nuestras libertades personales. Los gobernantes legislarán al respecto de lo que es políticamente correcto decir y lo que no, controlarán aún más nuestras cuentas en redes sociales y cada uno de nuestros movimientos. Todo esto siempre por “nuestro bien”, claro, porque en realidad ellos saben mejor que nosotros lo que nos conviene. Qué más da que las cosas sean verdad o mentira, lo importante siempre es la corrección política y que sigamos tan alienados como siempre. Al hombre actual prácticamente ya no le queda ni un espacio de auténtica libertad. Bueno, aún nos resta la posibilidad de coger nuestro coche y salir huyendo sin rumbo fijo. Ah, no, eso tampoco. En pocos años todos los coches serán eléctricos y de uso comunitario, de forma que las compañías de coches conocerán en tiempo real, por nuestro bien y el de la sostenibilidad del planeta, hacia dónde nos dirigimos en cada momento y cuáles son nuestras preferencias incluso a la hora de huir…

En fin, como ven, las continuas informaciones al respecto de las noticias falsas no son sino falsas noticias, y lo que es peor, noticias interesadas que ocultan una obvia motivación política. Nunca como en la actualidad la tecnología había permitido a la totalidad de la población un acceso directo e inmediato a las decisiones políticas, y sin embargo todos los esfuerzos actuales parecen dirigirse a que nada cambie.  Si mi banco me deja comprar un coche a través del móvil, ¿por qué no votar también a través de él? De hecho, ¿por qué no votar cada una de las leyes en tiempo real? ¿Acaso no somos absolutamente demócratas? ¿No es la voz del pueblo la que hay que oír? ¿Por qué entonces seguimos metiendo papelitos en cajas como si viviésemos en el siglo XVIII? No se engañen, detrás del ruido de las noticias falsas se esconde el esfuerzo del pseudoprogresismo por mantener esta especie de “democracia fake” que sufrimos y en la que tan bien se desenvuelven. Pero esto ya es una cuestión para tratar en otro artículo. Por ahora permítanme que les abandone momentáneamente y me vaya a dar una vueltecita en coche por donde me apetezca, no vaya a ser que mañana, “por mi bien,” ya no me dejen…

Antonio Fornés es filósofo y autor de los libros Viaje a la sabiduría, Creo aunque sea absurdo o quizá por eso y Reiníciate, publicados en Diëresis.

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